Villalba, el penúltimo torero de la Marisma
El diestro de Coria del Río nos dejaba hace unos días y supuso uno de los grandes diestros que han 'bebido' de las aguas del Bajo Guadalquivir
Rafael Peralta Revuelta / Fotos: Archivo familiar Manuel Villalba
Hubo un tiempo, en el que la Marisma era un mosaico de cerrados ganaderos: Anastasio Martín, Miura, Concha y Sierra, Pérez de la Concha, los Rufino, los Moreno Santamaría, Pablo Romero, Escobar, Campos Peña (Parladé, Saltillo, Murube, Guardiola, en el otro lado del río)… Hierros legendarios, donde el toro bravo era santo y seña de aquellas casas ganaderas. Y por donde corrían las hazañas e historias de grandes toreros, como Pascual Márquez, Joselito El Gallo o Juan Belmonte. Conocedores, garrochistas, picadores, vaqueros, crecían con sus familias a orillas del Guadalquivir, en una época donde el tiempo se medía con garrochas de sol y la gente de campo no conocía otra vestimenta que la ropa corta.

En aquél universo taurino vio la luz, un 7 de Abril del 35, Manuel Villalba Gutiérrez. Desde muy temprana edad, comienza a sentir una inquietud especial por el mundo del toro. De esta manera, se forma como torero en las ganaderías cercanas, participando en cinco temporadas como novillero en las principales plazas de España.Ya que no se ha conocido con detalle su trayectoria profesional, me gustaría recordar algunos aspectos de su carrera taurina.
Así, el 6 de Mayo de 1956 los carteles de la Plaza de toros de Sevilla anuncian la “Presentación del notable novillero de Coria de Río”, donde alternó junto a Ruperto de los Reyes y el colombiano Pepe Cáceres para estoquear una novillada de Juan Belmonte. Torea en Vistalegre, Madrid, en 1957, lidiando novillos del Marqués de Jódar junto a Arturo Cardoso y Paco Medina. Y el 30 de Junio de ese año, torea en la Maestranza, junto a Curro Romero y Antonio Cobo, en cartel de novilleros triunfadores. El 5 de junio del 58, festividad del Corpus, vuelve a torear en Sevilla junto al rejoneador Josechu Pérez de Mendoza, Manuel Bravo “Relámpago” y Juan Díaz Marqueño.

En el año 59, se presenta en la Plaza de toros de Las Ventas el 14 de junio con novillos de Arauz de Robles junto a Antonio Hurtado y Manuel Carra, y se vuelve a anunciar en Madrid los días 28 y 29 de Junio con novillos de María Cruz Gomendio y D. Salvador Guardiola. El 2 de octubre de 1960 torea en Valencia en un festejo en que intervienen, como compañeros de cartel, los hermanos Peralta, el venezolano Efraín Girón y el ecuatoriano Armando Conde.
El 16 de Octubre de 1960, tomó la alternativa en Sevilla, de manos de Bartolomé Jiménez Torres y Joaquín Bernardó, con un encierro de Guardiola. El toro del doctorado, herrado con el número 149, se llamó “Espadachín”. Debutó en el año 55 en Barcelona con novillos de Zúmel, junto a Roberto Espinosa y Rafael Ataide “Rafaelillo”. En la Ciudad Condal, triunfó clamorosamente, con salida a hombros, siendo muy apreciado en aquella plaza.

Sufrió la dureza de la profesión y tuvo serios percances, como en julio de 1960 donde un novillo le produjo una lesión en el esternón, en la plaza de toros de Sevilla. En 1963, lidió toros de Murteira Grave en Vista Alegre, la que sería su última corrida como matador de toros. Posteriormente, acompañó como banderillero a Jaime Ostos, con el que estuvo varias temporadas, a Mario Triana y al Centauro, Ángel Peralta, entre otros. En 1980 fue premiado con el Quite más eficaz por el Equipo Médico de la Plaza de toros de Sevilla.
Siempre vivió ligado al mundo del toreo, cerca de su sobrino, el torero José Luis Villalba, y ayudando a novilleros de su pueblo, como Juan Sierra (actual banderillero) o Curro Sierra, uno de los maestros de la Escuela de Tauromaquia sevillana, entre otros. Su verónica era muy pura y con mucho sabor: Con la pata “pa´lante” y las manos muy bajas. Aún resuenan en mi memoria todas aquellas historias que contaba de Anntonio Bienvenida, Jaime Ostos y de César Girón. Cuando viajábamos con mi tío Ángel Peralta, me gustaba compartir habitación con él. Le gustaba recordar la anécdota en la que, en una de sus novilladas en la Maestranza, un novillo le propinó un golpe en el pecho muy fuerte. Al llevarlo a la enfermería, comprobó que le partió en dos la medalla que llevaba colgada. Con orgullo decía que fue, la Virgen del Rocío, la que le salvó la vida aquella tarde en su plaza de Sevilla.

Su silueta era inconfundible en los tentaderos, con su gorra campera perfectamente calada y sus botas de media caña. Romántico, lleno de bondad, siempre discreto, Manuel estará toreando luceros, dibujando lances de manos muy bajas mientras en Coria del Río una barca llora por la muerte de Villalba, el penúltimo torero de los cerrados marismeños. Descanse en Paz.





