Utrera, solar del toro bravo
Salvador Giménez
El toro, ese animal tan enigmático y misterioso. Un ser que forma un lazo indisoluble con España. Un tótem sagrado para la primigenia cultura mediterránea y que pervive hoy gracias a la fiesta de los toros. Una fiesta con origen ancestral, heredera del atávico culto a la fertilidad. Legataria del culto a Mitra, sucesora del laberinto cretense que encerraba al Minotauro, la tauromaquia tal vez sea el último rito sacrificial del Mediterráneo.

¿Por qué lucha el toro hasta su muerte? ¿Qué le lleva a ese combate? Un animal de otras razas, originarias del mismo tronco de los bóvidos, se comportaría de forma distinta al toro de lidia. En un recinto cerrado huiría de todo, buscando escapatoria. Es la defensa de todo animal. Huir de todo aquello que le amenaza. El toro de lidia sin embargo, no. No hay nada más que ver un tentadero a campo abierto. Con la inmensidad que terreno que tiene alrededor, persigue aquello que le ha incomodado.
En el carácter del toro actual, está claro que el hombre ha influido. Desde muy antiguo el ser humano selecciono el carácter de aquellos bóvidos que domesticó, bien para el trabajo, o para su alimentación. Algunos conservaban sus instintos más primarios. De estos, los de caracteres más agresivos, el hombre los fue usando para sus fiestas y ceremoniales, conformando así una raza, hoy en día, única en el mundo.

Fue en las cuencas de los grandes ríos donde se fueron forjando en el siglo XVII, los hoy llamado encastes fundacionales. En la meseta castellana nacieron los llamados toros de la tierra o Jijones, en honor del apellido de su creador. En Navarra unos torillos de pelo colorado encendido y carácter picante cobraron gran fama. En Andalucía se formaron los tres restantes, los anteriores son prácticamente testimoniales, y que aún sobreviven. Cabrera, Vázquez y Vistahermosa.
Curiosamente los tres tuvieron su nacencia en tierras utreranas. Los tres pastaron en fincas de este término y los criadores que les dieron forma tuvieron una relación directa con la ciudad de Utrera. José Rafael Cabrera, natural de Arcos de la Frontera, aunque utrerano de adopción. Heredó la ganadería familiar y con sabia selección, dotó a aquellos animales de origen monacal, de un carácter propio que le hicieron destacar sobremanera.
La dehesa de Los Molares era el predio principal. Allí José Rafael Cabrera forjó unos toros de buena alzada, buen cuerpo, largos, agalgados y variados de capas entre las que destacaban los negros, cárdenos, colorados y berrendos. Bravos, fuertes y recelosos. También se escribió por los tratadistas que recelosos y complicados para los toreros. Tras pasar por las manos de su viuda Soledad Núñez de Prado, y posteriormente a su hermana Jerónima, sus vestigios permanecen vivos hoy en la ganadería de Miura.

Pedro Luis de Ulloa y Celis, conde de Vistahermosa. Su legado ganadero es mayoritario en la actualidad. Formó su ganadería en tierras igualmente de Utrera con reses del vecino de Dos Hermanas Tomás Rivas. Su ganadería pastó en la Dehesa de Salvador Díaz, La Ventosilla y Gómez Cardeña. Animales bajos, bien proporcionados, finos y generalmente de capa negra. Su hijo, Benito Ulloa y Halcón de la Cala, continúo acertadamente su labor.
Hoy en día la práctica totalidad de la cabaña brava procede de la creada por los condes de Vistahermosa. Su sangre está presente en ganaderías como la de Murube, a través de Arias de Saavedra, Saltillo por medio de Picavea de Lesaca, y la más numerosa, la de Domecq, a través de Ibarra y Parladé. Vistahermosa tuvo la particular visión, de crear un toro más duradero en la lidia, inicialmente centrada en el tercio de varas, y propiciar mayor lucimiento en el tercio de muerte.

Vicente José Vázquez, hijo del también ganadero Gregorio Vázquez, amalgamó caracteres de las más importantes de su época para crear un toro propio. Tomo como base animales procedentes de Cabrera, así como del marqués de Ulloa y Becker de la misma procedencia, a los que unió, ya es sabida la historia de los diezmos, animales de Vistahermosa. Una vez concluida su obra afirmó: “tengo lo que cada uno de ustedes tiene, más lo que ninguno de ustedes puede tener”.
Su piara pastó en las dehesas de Casaluenga y Casanieves. Toros hondos, cuajados y variadísimos de pelos que se hicieron populares por su bravura en el primer tercio. Tras pasar por las manos del mismo rey Fernando VII, alcanzó lustre en manos de los duques de Veragua. Hoy los últimos vazqueños perviven en las ganaderías de Prieto de la Cal y Concha y Sierra, así como en otras menores.





