TOREROS DE SEVILLA XII | JOSÉ GALLEGO MATEO 'PEPETE III'

Actualidad Taurina

 

Mario Gómez / Fotos. La Razón Incorpórea

 

José Gallego Mateo, que era su nombre, cambió este por el de José Claro, haciendo honor al mote tanto de su abuelo como de su padre: "Los Claros".
Aunque hizo su aprendizaje de herrero, se inició en el arte de torear en el matadero cercano, como muchos niños y jóvenes de la zona, con las reses que pronto serían sacrificadas. Luego, fue a tientas en las ganaderías y a las capeas de las ferias de los pueblos.

 

                                          

 


En 1904, es acartelado en la Plaza de Sevilla en un calurosísimo mes de julio. Su actuación fue recibida por los sevillanos con enorme interés. Tenía, decían, más valor que el Espartero. En las paredes se escribía “El rey de los toreros es Pepete”, “Ni un torero tiene más….. que Pepete” y hasta coplas hablaban de su valor, afirmando que Pepete al viajar ocupaba dos vagones siendo uno para la generalidad de su cuerpo y otro especial para los distintivos de su masculinidad.

 

Tras actuar en Madrid, toma la alternativa en Sevilla en 1905. Al día siguiente, vuelve a torear y tuvo tal éxito que la multitud lo cargó en hombros y así lo llevo desde la Plaza de Toros hasta su domicilio en la Puerta de la Carne.

 

                                        

 


Estas actuaciones provocaron una división de opiniones; decían unos que Pepete estaba cuajado, que era el torero que toreaba más cerca y más parado y el que mejor entraba a matar y daba estocadas más hondas y completas.

 

Argumentaban los adversarios, que Pepete era un torero valiente, ignorantísimo y torpón y la mayor demostración eran las numerosas cogidas, algunas de extrema gravedad, en distintos momentos de las faenas.

 

El 7 de septiembre de 1910, Bombita y Machaquito debían lidiar toros de Parladé en Murcia. Bombita cae enfermo y pide a Pepete que lo sustituya, por motivos de dinero Pepete se había negado a torear esa corrida, pero acepta la petición del compañero.

 

                                    

 


Antes de comenzar la corrida, el diestro ha mandado un telegrama a su familia, en él podía leerse: “Sin novedad”.

 


El primer toro, por nombre “Estudiante”, era negro. Al acudir al caballo sale rebotado. Pepete va a recogerlo para que vuelva a entrar, pero con tan mala suerte que tropieza con el toro que le clava un asta en la ingle. Pepete cayó. Mientras lo llevan a la enfermería grita “me muero, madre mía” y dice a su mozo de espadas “no me dejes Manuel que me muera”. La última frase que se le escuchó fue “¡Ay mare mía! ¿Qué vas a hacer ahora con esas doce bocas?”
Su cadáver amortajado fue colocado en el centro de la enfermería, entre cuatro cirios y sobre un paño negro.

 

 

                                          


Mientras Pepete agonizaba y moría, Machaquito conseguía un enorme éxito con los seis toros. El público aplaudía a rabiar. Enterada la plaza de la muerte, hasta las dos de la madrugada el gentío desfilaba ante el cadáver. A Machaquito tuvieron que arrancarlo a viva fuerza de junto al compañero, pues tenía que torear al día siguiente.

 

 

 


Al día siguiente, tras ser embalsamado, fue trasladado en un furgón de tren a Sevilla, aquí le esperaba, dos días más tarde toda la ciudad y sobre todo su madre y sus hermanos. El cadáver fue llevado hasta el Cementerio de San Fernando a hombros de los muchos pobres que Pepete ayudaba de todo el entorno de San Bernardo y la Puerta de la Carne y tras ellos, como describe el cronista, el pueblo sevillano vestido de luto. Ni en los entierros de Espartero, Reverte o Montes se había visto tanta concurrencia.

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