Sevilla y José, el encuentro 100 años después

Actualidad Taurina

Se esperaron y se encontraron. Y eso que no se volvieron a ver desde mayo de 1920, pero se querían y se tenían. Se pensaban, y no se olvidaban. Y cien años después se encontraron. José, elevado a los cielos desde el íntimo cortejo de Benllure que yace en San Fernando, Sevilla, rendida con flores a Gallito a los pies del último vestigio de la Monumental del ‘Rey de los toreros’, y la virgen de la Esperanza guiando el camino del encuentro.

 

 

La Híspalis más taurina que no deja atrás su historia para continuar escribiéndola y así mantener viva la memoria de los que cayeron como valientes, se congregó para recordar a Joselito en el Centenario de su muerte entorno a los restos perpetuos del coso erigido por el menor de los Gallos. Como si el tiempo no hubiera pasado, y como si se resistiera a su paso. Como si casi cien años después del derribo de la plaza, aquella puerta estuviera esperando toda la vida para que José tuviera su merecido recuerdo por cien años más.

 

 

Encalada de blanco inmaculado, la puerta medio ciega que solo ve el tránsito de los años a través del pequeño azulejo que Ignacio de Cossío colocó en honor a Joselito, se convirtió en el ofertorio de los sevillanos a su torero. Porque el pueblo honra a sus héroes donde quiere y como quiere, sin formalismos, espontáneos, que no noveleros, sencillos, puros y libres. Allí se encontraron Joselito y Sevilla, un acto punteado cuidadosamente por el Círculo Puerta Carmona.

 

 

Ha pasado una semana desde aquel idílico y obligado encuentro. En estos días atrás, la afición ha seguido hablando de José para perpetuarlo en la memoria de todos. Numerosos aficionados, gente del mundo del toro e instituciones de la ciudad se unieron a la cita, y cientos de viandantes hablaban de quién fue Joselito ‘El Gallo’, mientras contemplaban al pasar cómo reposaban en la remozada puerta de la Monumental dedicatorias y un improvisado altar de flores amasado por los encargados de renovar el amor entre Sevilla y José. Y hasta en Talavera, donde aún retumba el poso del caído diestro de Gelves, hubo ofrendas para José.

 

 

Hablaron de sus cosas y se quisieron durante todo el fin de semana. Y hasta escucharon misa en la Basílica macarena. El lunes por la mañana se prometieron en el camposanto sevillano que su compromiso de amor sería eterno. Fue un hasta luego, no una despedida. No faltaron flores para aderezar tanta alegría y tristeza a la vez. Y cómo no, no faltó la virgen de la Esperanza en medio de ellos, que les pidió que no lloraran ni tuvieran pena, porque les aseguró a Sevilla y a José que 100 años después se volverían a encontrar.

 

 

¿Cómo decir al mundo cómo fuiste
cuando a esta humana y deleznable arcilla,
candor celeste, inmaterial semilla,
por senderos de gloria tú viniste?

El tiempo aciago en mármoles te inviste
el Sabio, el Papa Rey, la Maravilla,
esplendor de la feria de Sevilla,
dominador de todo cuanto embiste.

Parecías un astro rutilante,
la idea elemental y verdadera,
acaso un dios en traje de torero.

Pero al irte dejaste el rastro errante
de un borbotón de sangre en Talavera
y una espuerta de cal en el albero

 

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