Pepe Luís Vázquez, el garbo y la clase sevillana. 80 años de alternativa (II)
Sandra Carbonero /Fotos Blog del Toro al Infinito, La Voz de Almería, ABC
Pepe Luis forma un trío de ases junto con Antonio Bienvenida y Manuel Rodríguez “Manolete”. Tres toreros con cualidades distintas que entusiasmaban a un país que debía afrontar las penurias de la posguerra y el comienzo de una dictadura. En las dos temporadas siguientes, el diestro sevillano encabezó el escalafón con 68 y 83 festejos respectivamente. En el epílogo de esta última, obtuvo un importante triunfo en Madrid el día de la retirada de Marcial Lalanda. Las crónicas reflejaron la memorable tarde señalando a ambos como protagonistas. Pero el destino les aguardaba el inicio de una nueva etapa en la que el madrileño se convirtiría en el apoderado de Pepe Luis Vázquez.

En 1943, con cerca de 40 corridas, recibió una cornada en la cara en la plaza de Santander que lo mantuvo en el dique seco hasta 1944. En los años venideros redujo el número de festejos en el que participó. Muchos pensaron que tuvo algo que ver que en la temporada del 44 sufriera una lesión ósea de la que tardó en recuperarse. En una de sus últimas entrevistas concedidas a Luis Nieto para Diario de Sevilla en 2011, aclaró que fue un acuerdo al que llegó con Lalanda de “que había que torear menos corridas y a mayor dinero”.
El nivel de Pepe Luis se mantuvo intacto año tras año, tanto en la campaña española como al otro lado del charco. Al final de la década de los 40 firmó en oro una de la hojas más importantes de su trayectoria. Llegó a Aranjuez un día de San Fernando junto con Conchita Citrón, Pepín Martín Vázquez y José María Martorell para estoquear toros de Carlos Núñez. Se trababa de un cartel con tintes polémicas y a la vez de expectación. Ninguno de ellos se había anunciado en San Isidro. El “concierto de Aranjuez” tuvo como instrumento a Manchonero. “Giraldillo” para ABC lo narró así: “fue el maestro insuperable, fundador, creador y recreador de una escuela, en la que la gente ve nada más que lo externo, la gracia que entra por los ojos profanos, sin llegar al fondo inmenso que este torero tiene, cabeza privilegiada, figura de época, en torno a la cual ha girado todo un modo de torear, que no diré que ha creado escuela porque lo que Pepe Luís hace es personal, con él nació y con él concluirá cuando felizmente para él se retire del toreo”.

En 1950 planeó el rumor de una posible retirada, acentuado después de que únicamente torease nueve festejos y dos de ellos fueron en Venezuela. Pero 1951 se convirtió en una de sus más gloriosas temporadas. Su paso por Madrid transcurrió triunfal y su faena a Misionero de Castilleja Higares quedaría para el recuerdo. Más tarde llegó Valladolid y se transformó en el escenario de la mejor faena de su trayectoria a ojos del propio Pepe Luis. En la entrevista antes de referida para ABC de 2002, contó que, con el toro de Marqués de Villagodio al que toreó muy despacio ese 17 de septiembre, sintió “una cosa muy especial. Estaba como en el limbo. Mejor dicho: no sabía dónde estaba”. Y como colofón, el 6 de octubre le dio la alternativa a su hermano Manolo en Sevilla. Un nuevo Vázquez llegaba y otro se iba, pues en los dos siguientes años solo toreó un festejo cada uno diciendo adiós el 29 de marzo de 1953 en Toledo.
En 1959 tomó la decisión de volver a los ruedos un 1 de mayo en Barcelona junto con Manolo Vázquez y Antonio Ordóñez. Pepe Luis estuvo a punto de cortar una oreja pero le faltó rematar con la espada. G. de Córdoba, que firmó la crónica de la revista El Ruedo, escribió que “el maestro toreó con esa gracia, ese duende y ese arte que Dios le ha dado, lo mismo con el capote que con la muleta; pero la espada en última instancia aminoró el éxito”. Sumó 19 festejos poniendo el broche a su carrera el 20 de septiembre en Madrid.

El mundo del toro se quedaba huérfano con la despedida de un toreo extraordinario que poseía una inteligencia suprema por la que se ganó el sobrenombre del “Sócrates de San Bernardo”, una técnica depurada y una prodigiosa naturalidad y estética. Era el máximo exponente de la escuela sevillana, aunque a él no creía en este concepto. Y un gran conocedor de la ganadería de Miura de las que lidió un total de 586 corridas y fue el matador que más toros de este hierro estoqueó en la Maestranza.
Posteriormente, se sucedieron numerosos reconocimientos por su trayectoria y su aportación a la Tauromaquia. En 1998 le concedieron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes porque como rezaba en su justificación “ha sido un torero excepcional, y en su línea sevillana de garbo, gracia e inteligencia, acaso el más sobresaliente que ha conocido la afición española de los toros en cualquier tiempo”. El 11 de mayo de 2002 la Comunidad de Madrid colocó un azulejo en Las Ventas en su nombre con la inscripción de “la armonía, la belleza y la gloria en la historia de la tauromaquia”. Y en 2005 el más significativo. Con su popular “cartucho de pescao” se erigió su monumento frente a la Puerta del Príncipe y, desde 2006 está a la vera de la de su hermano Manolo. El legado de Pepe Luis sigue presente de la mano de su hijo Pepe Luis Vázquez y de su sobrino nieto Manolo. El 19 de mayo de 2013 se apagó su llama pero la luz que desprendió sobre la Tauromaquia continúa viva.





