Oda a Romero

Actualidad Taurina

Esta semana se han cumplido dos décadas de la retirada de los ruedos de Romero. Fue tras un festival benéfico lidiado junto a Morante de La Puebla en La Algaba

 

Ignacio Muruve


Este que les escribe únicamente estaba en las ideas de sus padres cuando un Dios decidió dejar huérfano de arte al mundo. En el año 2000, Curro Romero se retiraba de los ruedos tras un festival en La Algaba. Siguió los parámetros de su sencillez y su humildad y por teléfono y a Fernando Fernández Román, confesó que el de la Plaza de los Carros había sido el último ruedo que había pisado para torear. Antes que traicionarse a sí mismo, no vestirse de torero. Antes que no sentir, no expresar. Antes que aburrir, no exponer.

 

Una filosofía bien adaptable a la vida de cualquier mortal que pisa el globo. Romero nos enseñó que su idiosincrasia bordeaba lo insuperable: que te vean sin ser visto. Fue el asidero de una Sevilla que ya había sido progenitora de varios reyes de esto y lo cantó uno de ellos. Belmonte lo adelantó en forma de premonición en una de las primeras tardes del camero en la Maestranza: “Este viene con la goma de borrar”. Vaya si venía con ella. Eliminó a todos de un plumazo. Aquellas palabras que formuló el que se crió en Triana se cumplieron al dedillo.

 

 

Volviendo a esa retirada, ¡qué manera de retirarse! Ni un festejo de despedida, ni una rueda de prensa, ni todas esas moderneces insufribles que se han tomado como costumbre en esta afeada tauromaquia. Una llamada por teléfono para cesar su carrera. A toda la torería, la naturalidad, la facilidad ante lo difícil, el empaque, la verticalidad y la suavidad que se habían posado en las muñecas de Curro, había que añadirle una virtud más: crear esclavos de su religión tras no volver a pisar una plaza de toros desde la nombrada tarde de La Algaba. 

 

Gente que ni lo ha visto, solloza al ver sus videos. Incluso a capa y espada le defienden en una de esas maravillosas conversaciones de toros que surgen por arte de magia en un corrillo de amigos. Y repito, todo sin ni siquiera ver como desplegaba su capotillo tras sus cónicos cincuenta y tres pasos.

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