Morante de La Puebla, oreja en La México y faena torera
El cigarrero cuajó un segundo toro de Bernardo de Quirós con mucho temple en su regreso a la plaza azteca. Adame se llevó un apéndice y Calita silenciado
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El genial Curro Romero decía que el toreo consiste en acariciar. Dicha sentencia se cumple a plenitud en la figura de Morante de la Puebla, que con peculiar delicadeza trasforma en arte la suavidad de sus muñecas. Desde el capote, el duende sevillano brotó al acariciar las pastueñas embestidas del cuarto de la función taurina. Tersura fue la principal característica de los vuelos de las telas, en una extensión mágica del latir de un corazón.

Con la paciencia propia del artista, Morante jamás forzó al de Bernaldo de Quirós y lo consintió al compás de su inigualable expresión corpórea. Redondos y naturales se sucedieron en trazos de figura desmayada y alma abierta, extendida como los brazos del Cristo Crucificado. Y cuando su oponente se rajó, el de La Puebla supo no contradecirlo. Ahí, en su querencia cerca de tablas, rubricó una obra que bien pudo merecer las dos orejas de haber existido mayor sensibilidad taurina en el palco de la autoridad.

Lo anterior porque la gran estocada valía en sí misma la concesión de un trofeo, mientras que la faena mantuvo los altos vuelos. Cierto es que las orejas son retazos de toro y lo que verdaderamente permanece es el auténtico arte, aquel que penetra por las retinas para anidarse del lado izquierdo del pecho.

Su primero fue escaso de fuerza y solamente le permitió eslabonar destellos pintureros, propios de esa añeja tauromaquia que nos remonta a siglos que habitan el baúl de los recuerdos.





