Juan Belmonte y la faena al toro 'Barbero'
Salvador Giménez Fotos: Baldomero. La Lidia y Mundo Gráfico
No hace muchos días, contábamos, muy sucintamente, la historia de la ganadería de Concha y Sierra. Una ganadería en la que pervive en la actualidad, una de las ramas que se desgajaron, del otrora fecundo tronco vazqueño. Un encaste del que se ha dicho y se ha escrito, que no ha sabido adaptarse a la actualidad, debido a su poca durabilidad durante el último tercio. No obstante, los animales vazqueños han propiciado la consecución de faenas memorables.
No hay nada más que repasar la historia del toreo. Muchas fueron las ocasiones en que ganado procedente del creado por Vicente José Vázquez, fuese escogido para eventos importantes. Alternativas, inauguraciones de plazas, festejos puntuales. Por ello también fueron causantes de muchos percances, algunos incluso mortales, pero sobre todo, con ellos se lograron faenas que pudieron cambiar, y cambiaron, el curso del toreo.

Con la llegada al planeta de los toros de dos colosales figuras, como fueron Joselito y Belmonte, se vive la llamada Edad de Oro del Toreo. Es una época memorable. Es cuando el toreo da un paso al frente. Deja de ser un espectáculo sustentando por un cruel primer tercio, y comienza a tomar protagonismo el, hasta entonces llamado, tercio de muerte. La faena de muleta comienza a ser relevante. Es la aportación de los dos colosos a la tauromaquia.
Joselito dinamiza la fiesta. Con él la lidia toma un concepto global. Los ganaderos, bajo su consejo, seleccionan un animal propio para la idea de Gallito. Su rival, y a la vez compañero, Juan Belmonte, trae un toreo en un terreno más prohibitivo para el hombre. Con el matador de Triana el toreo comienza a dejar de ser sobre las piernas y convertirse más en el de los brazos. Son dos polos contrapuestos que se complementan entre sí.

Toda España quiere ver a los dos toreros en reñida rivalidad. Hay dos bandos irreconciliables. Por ello los carteles donde actúan los dos espadas se repiten con asiduidad. No faltan en las ferias más importantes, ni tampoco en aquellos lugares donde se puede costear su presencia. Joselito arrolla tarde tras tarde. Juan Belmonte es más irregular. Necesita un toro acorde a su nuevo concepto del toreo. Cuando sale la explosión de júbilo está asegurada en el tendido.
Tradicionalmente se celebrada una corrida a beneficio del Montepio de Toreros. Para el día 21 de junio de 1917, están anunciados en Madrid, para el evento, el mexicano Rodolfo Gaona, Joselito y Juan Belmonte. Se lidiaran seis toros de la ganadería de Concha y Sierra, propiedad de su viuda Celsa Fontfrede. Mal comienzan las cosas. Los veterinarios desechan tres toros de la ganadería titular que son reemplazados por reses de Campos Peña.
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Los vazqueños no sirven. Los de Campos Peña tampoco. El quinto tiene que ser devuelto. Lo sustituye un toro de Salas que acomete al menos. Joselito ofrece los palos al azteca. El tercio de banderillas, dos pares por coleta, es memorable. Tanto es así que los tendidos corean entusiasmados: ¡¡Los dos, los dos, los dos solos!! Juan Belmonte no es más que un convidado de piedra que había estado mal con su primer toro, que pertenecía a Campos Peña.
Se da suelta al sexto. Barbero de nombre, negro, lleva el pial de Concha y Sierra. De nuevo Gaona, con un inverosímil quite de lances de frente por detrás, así como Joselito a la verónica, se lucen en quites. Belmonte se resarce y luce en algún grácil recorte con el capote. Juan toma muleta y estoque. Con Barbero se hace uno solo y logra una importante faena. La fundamenta en la mano izquierda. Los muletazos al natural son ligados con interminables pases de pecho.

El noble toro de Concha y Sierra obedece a los toques del matador. La faena, por quietud y ligazón, enaltecen a los tendidos. El público rugía de entusiasmo. Ya no son los dos solos. Belmonte también cuenta. La espada, como tantas veces, todo lo emborrona. Un pinchazo, media en buen sitio y un descabello acaba con la vida del toro. El público salta al ruedo. Belmonte es izado y paseado a hombros. ¡Qué faena! Posiblemente la primera moderna.
Los años pasan. Juan Belmonte recuerda aquella tarde memorable. Su faena a Barbero supone un antes y un después en su carrera. Cuentan que Belmonte cuando paseaba por las calles de Sevilla y pasaba por la calle O’Donnell, cuando llegaba a la altura de la casa donde habitaba la viuda de Concha y Sierra, se destocaba el sombrero en señal de agradecimiento. Tanto marcó esa faena su carrera, que siempre tuvo ese gesto hacía la ganadera sevillana.





