Faltaba Urdiales, ¡y llegó Diego!

Actualidad Taurina

El riojano desoreja al cuarto de la tarde tras una faena con mucha pureza. Manazanares puntúa, y Ángel Jiménez sorpende y la espada le quita en apéndice que acariciaba en su primero toro

 

Ignacio Muruve

 

Relucía...pero con la resaca de los grandes acontecimientos. ¿Y qué hay que hacer para eliminar esa resaca? Pues más acontecimientos. Antes de admirar a la Maestranza con el miedo a un final palpable y con esa sensación que late en tu estado de ánimo cuando se acaba lo bueno, tenía que darse el último (quien sabe) zambombazo de la feria.

 

 

La delicadeza con la que Urdiales toreó al cuarto se transformó en una rotundidad tan liviana que incluso pesaba en el aire. Ese suceso que tanto queríamos ver con el de La Rioja como protagonista llegó como un huracán. Diego danzaba a su antojo y Sevilla supuraba arte. Los naturales se contaban como pinceladas para pintar un cuadro que ni Picasso deseó en sus más profundos sueños. Hubo de todo, de esa riqueza tan abundante y variopinta en el toreo de un hombre tocado con la varita.

 

 

Derechazos poderosos dentro de la enorme sutilidad y otros por el mismo palo pero con la naturalidad tan grandísima que controla el torero. Debimos prepararnos antes de que se pasase la muleta a la izquierda por que aquello no fue normal. Como si se estuviera tomando un café en la calle San Jacinto con un periódico de por medio. Enganchaba en el hocico con los vuelos, se los pasaba cerquísima con un ritmo ralentizado y el mentón metido en el pecho y soltaba la embestida mientras sus muñecas se quebraban. Los que le pegó a pies juntos no sé como explicarlos. Se podía y se tenía que decir: Diego Urdiales había entrado en Sevilla para siempre. Dos orejas monumentales.

 

 

El puntito de casta que tuvo el primero le faltó al segundo y pese a eso, Manzanares le supo extraer lo que llevaba dentro. Las dos medias que le zampó Ángel Jiménez en el quite fueron para contarlas. El cambio de mano del inicio de faena fundió ese “bien” seco de esta plaza con la sublime elegancia del muletazo. La suavidad que el alicantino guarda en sus muñecas desplazó al animal. Lo llevó largo, con profundidad y gusto. Los naturales reverdecieron las mejores épocas de un torero que ama esta plaza. Subía de intensidad el trasteo mientras cambiaba constantemente de pitón. La oreja fue justa tras un espadazo en todo lo alto. El quinto se vino abajo sumando la mansedumbre.

 

 

El capítulo tercero estuvo protagonizado por un chavalillo de Écija que sin más armas que la sinceridad, el gusto y la relajación terminó por gustar de forma innegable en el coso que le vio nacer como torero. El recibo fue un remanso de naturalidad donde las formas bailaban en verónicas de mano baja. Las medias fueron bellísimas. En la muleta el toro apuntaba unas cosas buenas y el preámbulo de Ángel Jiménez fue maravilloso, un híbrido que mezcló poder con dos doblones por el derecho y el gusto y la torería con los desdenes y el pase de pecho. Faltó dosificar y eso hizo que todo bajase mucho de intensidad. Quedaron las formas en otra ovación. Para el sexto un manso y nada que contar más que la disposición y las ganas de jugarse la vida.

 

SEVILLA. Toros de Garcigrande y Domingo Hernández. Decimatercera Corrida de Abono. Bueno el 1º, con clase pero a menos el 2º y extraordinario el 4º, “Francés”. Mansos 1º, 5º y 6º.

Diego Urdiales, OVACIÓN y DOS OREJAS

Jose María Manzanares, OREJA y SILENCIO

Ángel Jiménez, OVACIÓN en ambos

Saludaron en banderillas José Chacón, Abraham Neiro y Daniel Duarte. Hizo su última actuación en la Maestranza el subalterno Juan Carlos Tirado, que se retira a final de temporada.

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