En un rincón del Parralejo

Actualidad Taurina

En recuerdo de Don José Moya Sanabria, exitoso empresario sevillano, fallecido el pasado lunes 18. Gran aficionado y ganadero

 

Luís Miguel Martín Rubio

Debería ser el año 2007 cuando tras nuestro habitual desayuno en el Club Antares, una vez terminada nuestra matutina sesión deportiva, Pepe Moya me invitó y animó para acompañarle a Pamplona a conocer y a vivir las fiestas de San Fermín. Él era ya un habitual en unión del grupo de amigos que coincidíamos casi todas las mañanas en aquel Club financiero y deportivo. Para Pepe, subir a San Fermín ya consistía en una fecha grabada anualmente en su agenda.

 


Yo tenía mi reticencias al viaje, seguramente llevado por mi desconocimiento y por la fama de la fiesta, que in situ pude comprobar que no se correspondía con la realidad. Y es que asistí a un acontecimiento muy taurino y de arraigada tradición, de sanas costumbres transmitidas de abuelos a padres y a hijos. Nos embarcamos un grupo de amigos cuyo denominador común era y continua siendo la pasión por los toros, y todo aquello que a la Fiesta Nacional rodea.

 

El organizador era Martín Arance, y en la expedición, además de Pepe Moya y yo, venían entre otros José María Eusebio, Manuel Marchena y Jacinto León. Vivimos tres jornadas frenéticas en las que Pepe Moya me iba enseñando todo lo imprescindible para conocer y disfrutar en San Fermín, los churros de la 'Mañueta', el sorteo y aperitivo en la plaza con el hijo del añorado Miguel Criado 'El Potra', la tortilla de patatas de media mañana, el almuerzo en el restaurante del Hotel Europa, la tarde de toros en los tendidos, los conciertos de música y el baile en la plaza al terminar el día.  Como me apunté al viaje a última hora, no tenia ya posibilidad de reservar y disponer de alojamiento y Pepe en su infinita bondad y generosidad, me ofreció compartir habitación en el Hotel Maisonave.

 

 

El temprano amanecer era a las cinco de la madrugada, para presenciar el encierro desde un balcón alquilado en la calle Estafeta, donde llegábamos con tiempo. Allí la familia propietaria nos tenía preparado un maravilloso desayuno para hacer más corta la espera y los nervios por ver pasar el ganado de la corrida del día. Solo he acudido a Pamplona en fiestas, en aquella ocasión, y gracias a Pepe Moya. De aquel viaje pude deducir por nuestras conversaciones que a Pepe ya le barruntaba por la cabeza sus proyectos para tener una ganadería propia, y efectivamente pasado unos años lo hacía realidad com El Parralejo. 

 

Conocí a Pepe a mediados de los años ochenta, cuando desempeñaba sus responsabilidades en la Hacienda Municipal en Sevilla y también por mi amistad con sus hermanos Juan, Carmen y Sebastián, a su hermana Margarita la traté menos. Posteriormente coincidimos en algunos asuntos profesionales. Y al inicio de uno de sus grandes proyectos, la Fundación Persán, su mujer Concha y él me propusieron para pertenecer al Patronato. Ahí se hizo más honda nuestra amistad. 

 


He tenido la suerte de vivir momentos magníficos junto a Pepe y su familia en diversas circunstancias. Pero me gustaría destacar cómo me ayudó a crecer y desarrollar mi afición taurina. Así hemos compartido tardes en la Maestranza, en Pamplona, en Bilbao o la última vez el año pasado, en la Feria de Logroño. 

 

El último año, la dichosa Pandemia hizo que no pudiéramos vernos de forma presencial, y nuestros contactos eran digitales. Lo vi el día 5 de enero del año pasado en la Cabalgata de Reyes de Sevilla -cómo disfrutaba Pepe de ese día tan mágico- los dos tuvimos la ocasión de encarnar a SS.MM en cabalgatas anteriores: Él a Gaspar y yo a Melchor. En esta ocasión, su hijo José representaba al Mago de la Ilusión y en su carroza llevaba a toda la familia: Su madre, esposa, hermanos, cuñadas y sobrinos. Pepe era feliz ese día, pero ya se vislumbraban sus problemas de salud. Hicimos un rato del recorrido a pie, pero tenía un dolor en la cadera que le hacía cojear y pronto se montó en un vehículo. El maldito 'bicho' empezaba a dar la cara. Luego llegaron los confinamientos y él lo vivió entre la Clínica de Navarra y Sevilla. Nos iba informando de la evolución de su enfermedad con ilusión, procurando no preocupar a la familia y a los amigos.

 


Este año suspendimos nuestro habitual encuentro de agosto en su casa de Sanlúcar, donde Concha hacía unas espectaculares 'papas con chocos' y él disfrutaba a lo grande agasajando a los amigos y degustando las famosa 'yemitas del Portal'. A principios de agosto me llamó porque quería ir desde Pamplona a ver a la Virgen Blanca a Vitoria. Allí le puse en contacto con nuestro amigo Raúl Rubio, gran restaurador del establecimiento de Casa Txiki, donde probablemente se hagan las mejores tortillas de patatas del mundo. Me llamó cuando regresaba a Pamplona para agradecer el trato que Raúl le había dispensado, y me comentó que le encantaría que Raúl bajase algún día por Andalucia para poderle corresponder. Así era Pepe, agradecido, generoso y espléndido. Disfrutaba viendo disfrutar a cuantos le rodeaban. 

 

La última vez que lo vi fue el pasado 11 de septiembre en Aracena, en la Finca San Miguel: El último de sus sueños, y que afortunadamente pudo ver hecho realidad. Allí organizó un tentadero para corresponder a Raúl y a su mujer, que vinieron desde Vitoria. Ya se le veía muy afectado por la enfermedad, pero sacaba fuerzas de flaqueza y estuvo dirigiendo la lidia. Posteriormente tomamos una cena que nos preparó Concha, y donde él estaba permanentemente pendiente de sus invitados mientras degustaba una de sus pasiones culinarias: Las acreditadas patatas fritas 'Perdi', elaboradas artesanalmente en Aracena.

 

                                     

 

Los momentos compartidos darían para escribir páginas y páginas, porque sin duda Pepe Moya ocupa varios capítulos del libro de mi vida. Debo terminar, y lo hago haciendo alusión al título que lleva este artículo: "En un rincón del Parralejo". Sin duda la ilusión taurina más grande de Pepe Moya era El Parralejo. He tenido la oportunidad y el privilegio de estar en varias ocasiones en aquella Finca. La primera vez que fui pude comprobar que en el salón principal de la casa, en un rincón y sobre un mueble, había un marco con una foto que yo desconocía donde aparecemos Pepe Moya y yo en un balcón de la calle Estafeta en aquellos San Fermínes. Reconozco que me emocioné y me llenó de alegría verla junto a fotografías familiares o alguna otra con personalidades diversas. 

 

Gracias Pepe por tu cariño y amistad. Por haber contado conmigo en tus planes, por hacernos disfrutar, por tu generosidad y ser tan esplendido con todos los que te rodeaban. Por tu virtud callada y discreta de entregarte sin medida al que lo necesita, y gracias en definitiva por todo lo que me has enseñado. Dejas un gran legado humano: Concha, tus hijos, nueras y nietos. Dejas una gran labor social generando empleo y riqueza para muchas familias. Dejas una huella imborrable y un surco profundo.


Hasta siempre querido Pepe, siempre adelante!!! Y reza por nosotros, pues sé que estás muy cerca de Dios en ese balcón de la calle Estafeta del Cielo.

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