Diez verónicas, una oreja y otro fracaso más
Juan Ortega puntúa en un mano a mano con Morante en el que el duelo capotero marcaron la deslucida corrida de Juan Pedro Domecq
Ignacio Muruve
Pocas fechas habían suscitado tantísima expectación en la ciudad presumida como la de este 24 de septiembre. La Maestranza hasta gozaba de un brillo, de una luz especial proporcionada por el periodo de espera al mejor cartel del abono. Morante y Juan Ortega. Juan Ortega y Morante. Ahorrarse los comentarios es una obligación. Tocaba callar y lanzar los cinco sentidos al ruedo. Por cierto, se vio a alguno rezando y pidiendo por la calle Adriano para que la corrida de Juan Pedro embistiera de una vez por todas…

Lo que hizo Juan Ortega otra vez a la verónica (por que ya lo hizo en la segunda de abono) en el segundo se lo podré contar a mis nietos y a mis hijos. En lo que enganchaba al toro volvieron a pasar las mejores épocas de este arte con todos sus representantes. Desde el juego de brazos de Curro Puya pasando por la naturalidad de Bienvenida y soltando con el mentón en el pecho como lo hacía Romero. Cuando el animal se deslizaba por su cintura, toda Triana se levantaba para gritarle a la belleza del toreo más puro. Hubo tres por el pitón izquierdo de no saber cómo contarlas. El nivel de emoción no se podía clasificar ni calcular. Sólo te acercabas mirando las caras y los rostros, los gestos y las miradas. Juan Ortega le abrió una brecha al tiempo con ocho verónicas y una media. Para cuando sonó “Manolete” el toro bajó de intensidad en su embestida, pero ahí ya le había zampado una serie inconmensurable por el derecho. En los detalles estuvo el contenido de una posible oreja algo barata si llega a matarlo. La ovación fue tremenda.

Y del primero nos fuimos al sexto. Del duelo de quites entre Morante y Juan destacar la fragilidad con la que enganchó Jose Antonio y la estética técnica del de Triana. El toro duró las dos series monumentales que Ortega le pegó. Se sucedieron trincherillas y pases de pecho de una despaciosidad tremenda. Mató y cortó una oreja algo generosa.

Al hondo primero no hubo forma de pararlo en condiciones. Con la cara a la altura de las banderas de la Puerta del Príncipe, Fernando Sánchez fue quien le bajó los humos clavándole dos pares en la misma cruz. Saludó por segundo día consecutivo. En la vida no se vive de detalles y Morante no pudo hacer más con tan poco.

El tercero fue un trámite del que no pudimos salvarnos. Un marmolillo sin casta, sin clase, sin poder y sin nada que represente al animal que debe reinar en este espectáculo.
Para el cuarto lo mismo o incluso peor. Muy deslucido, sin un ápice de humillación y tirando derrotes. Por no hablar de lo que se le tenía que esperar. Juan Ortega cogió la espada sin mucha tardanza.

El anovillado quinto fue devuelto para que saliera todo lo contrario: un toro que bien podría haber tirado de carretas atacado de kilos y sin hechuras. Fue la gota que colmó el vaso. Mientras Morante lo intentaba con el inválido, la grada estalló en gritos contra el ganadero y la empresa. Un espectáculo dantesco que algún día tenía que darse.
SEVILLA. Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería. 6ª Corrida de Abono de la feria Extraordinaria de San Miguel. Casi Lleno. Toros de Juan Pedro Domecq flojos 1º, 3º, 4º y 5º bis y enclasado el 6º.
Morante de La Puebla, OVACIÓN CON SALUDOS, SILENCIO y PALMAS
Juan Ortega, OVACIÓN CON SALUDOS, OREJA y OVACIÓN
Se desmonteraron Fernando Sánchez y Francisco Sánchez Araujo.





